De la detención del General Salvador Cienfuegos en Estados Unidos, sale humo que demuestra que algo se está quemando dentro del país, y dentro de la relación bilateral.
Primero porque, de ser comprobados los cargos, no sólo quedaría expuesto el vacío de poder que se vivió durante la administración de Enrique Peña Nieto, sino que también, nos llevaría a una profunda reflexión sobre la manera en que se maneja el Ejército en México.
Porque a diferencia de la mayoría de los países que vivieron una dictadura militar en América Latina, en nuestro país las Fuerzas Armadas no están supeditadas al mando civil, y cuentan con un grado de autonomía significativo que pudo haber dado pie, a este tipo de acciones.
De ahí el que en la región a partir de la década de 1980, las Fuerzas Armadas abandonaron los palacios presidenciales en medio de las transiciones de la dictadura a la democracia, y le hayan dejado los ministerios de defensa a los civiles.
Complicando también de esta manera, la narrativa de la relación de los militares con el gobierno mexicano. Ocupando un papel cada vez más central en la vida doméstica, que ha ido expandiéndose desde la seguridad nacional en 2006, hasta la seguridad pública y la construcción en la actual administración.
El fuego sigue subiendo, y entre el humo se puede ver, una oleada de desconfianza que no sólo nos impacta de manera interna, con una de las instituciones que actualmente generan la mayor confianza entre los mexicanos, sino que también se traslada a la relación bilateral con los estadounidenses.
Porque de alguna manera, abre la puerta a que se cuestione, que tan bien empleados han estado los recursos que han destinado a combatir el narcotráfico, en conjunto con nuestras autoridades, y después porque esta acción unilateral originada en la DEA, demuestra que no sólo no les gusta lo que se está haciendo, sino que a México no se le toma en cuenta.
Algo que, a pesar de que la carpeta de investigación que detonó su captura data del 2013, no me resulta totalmente fuera de órbita, si recordamos que vivimos en la tierra en la que a Ovidio Guzmán, se le deja ir en santa paz.
La detención de un exfuncionario de tan algo rango, bajo el supuesto de que pueda ser el personaje, a que el Cártel del H-2 se refería como “El Padrino”, representa la presión más fuerte que nuestro gobierno ha recibido en cuestión de la lucha contra el narcotráfico, desde el asesinato del agente Enrique Camarena Salazar en 1985, y no debe ser pasado por alto.
En política internacional, la forma no deja de ser fondo, y en esta forma tan dura, hay un ninguneo implícito que fácilmente puede ser comparado con la visita de George W. Bush en el 2001, cuando Vicente Fox era presidente.
Bush estuvo en México menos de 8 horas y estando aquí, se concentró en ordenar un bombardeo en Iraq, y obviamente los medios se concentraron más en esto, que en la visita.
La visita a México no fue noticia, de la misma manera que en este momento, la noticia de la detención de Cienfuegos no ocupa un lugar en las primeras planas de ese país.
¿Por qué será?
Parece que todavía hay demasiado humo después de Cienfuegos, y que esto va más allá de Donald Trump, quien por cierto, podría aprovechar el momento para generar más tensión entre ambos países en materia de seguridad.
El último en salir apague la luz.