SHOT DE ESPRESSO | Un mundo sin aduanas

SHOT DE ESPRESSO | Un mundo sin aduanas

Apuntes desde Café Colón

Hoy el café no huele a cafetería: huele a aduana cerrada. Va con granos venezolanos de los Andes —Mérida, Táchira, Trujillo—, arábica de altura, tostado medio-oscuro, dulzor de panela y un cacao amargo que se queda pegado al paladar como una mala noticia bien escrita: no te la quitas con agua. Es un espresso que no pide azúcar porque el azúcar sería fingir que seguimos viviendo en un mundo donde las fronteras eran reglas, y no permisos.

La captura de Maduro y el anuncio de que Washington “dirigirá” Venezuela por ahora no es solo una noticia: es una mutación del idioma del poder. La soberanía dejó de ser principio y se volvió contrato condicional: cumples o te administran. Y cuando una potencia demuestra que puede extraer a un jefe de Estado, tutelar una transición y hablar de petróleo en la misma frase, lo que se rompe no es Caracas: es la idea de que el derecho internacional todavía manda. La operación ya tiene cifra de costo humano en circulación —decenas de muertos, con reportes que hablan de 80—, pero lo verdaderamente caro no es el saldo: es el precedente. Porque la norma no es la que se escribe; es la que sobrevive al primer golpe.

En el nuevo guion, “dirigir” no significa ocupar la silla en Miraflores con bandera extranjera. Significa algo mucho más moderno —y más peligroso—: dirigir la dirección. Mantener una armada como recordatorio flotante, condicionar el flujo de petroleros, prometer inversión si se abre el sector, y castigo si no se obedece. Venezuela se convierte en un protectorado de facto sin necesidad de llamarlo así, con la palabra “estabilidad” como coartada y el crudo como nervio central. Y aquí aparece Delcy Rodríguez como la figura que tranquiliza y preocupa al mismo tiempo: tranquilidad para el aparato porque el relevo estaba previsto; preocupación para los aliados porque el mando interino, en el mundo Trump, no se legitima con discurso sino con cumplimiento.

Y entonces la taza se ensucia con Cuba. La Habana decreta duelo por 32 cubanos muertos en la operación y, con ese gesto, confiesa algo que llevaba años negando: que en Venezuela no solo había médicos ni “cooperación”, también había músculo de seguridad. El luto no es únicamente luto: es evidencia. Es la prueba de que el chavismo no era solo una estructura nacional, sino una red regional de supervivencia. Y en el nuevo idioma del poder, esas redes no se respetan: se desmantelan. Para Cuba, el problema no es moral; es existencial: si Caracas deja de ser caja, oxígeno y plataforma, La Habana no pierde un aliado, pierde profundidad estratégica.

Como si fuera poco, la escena venezolana no se queda en Venezuela. Se derrama. Trump ya apuntó a Colombia: dijo que Petro “no lo estará haciendo por mucho más tiempo” y, preguntado por una operación militar, contestó que “suena bien”. Esa frase —dicha desde el Air Force One, con el hemisferio debajo— no es una amenaza cualquiera: es un ensayo de normalización. En el mundo sin aduanas, “suena bien” es una categoría geopolítica. Lo que ayer era impensable, hoy es discutible; y lo que hoy es discutible, mañana se ejecuta “por seguridad”.

Al mismo tiempo, Irán vive el otro lado de la misma ecuación: protesta interna más amenaza externa. La calle se mueve por economía, moneda y hartazgo, mientras desde fuera se asoma la posibilidad de nuevos golpes. Trump habló de intervenir si matan manifestantes; Israel habla de respaldo “en todas las formas posibles”. Y el mensaje que entienden en Teherán no es retórico: cuando un régimen se tambalea por dentro, la presión desde fuera se vuelve más probable, porque el adversario huele ventana. Venezuela funciona como lección: no cae el poder cuando lo denuncias; cae cuando se le fractura el anillo de seguridad, cuando el miedo ya no alcanza para pagar la nómina del control.

Y como si el mundo necesitara recordatorio de que la geografía también es política, llega Groenlandia. Trump insiste: la necesita para la seguridad nacional, y Dinamarca responde que no está en venta. Antes, esto se podía archivar como bravata. Después de Venezuela, ya no. Porque cuando una potencia demuestra disposición a “dirigir” un país y luego declara que “necesita” una isla, lo que está diciendo es que el mapa volvió a ser inventario. Que el Ártico, con rutas, radares y minerales, ya no es periferia: es caja fuerte. Y en esta lógica, las fronteras no son límites: son obstáculos administrativos.

En medio de todo, China mira a Venezuela con ojos de acreedor. Durante años, Beijing prestó miles de millones a cambio de petróleo; hoy, con el tutelaje energético estadounidense asomándose, el futuro de esa relación entra en zona de renegociación forzada. Si Washington controla las llaves de inversión, los flujos y el perímetro, también controla el margen de maniobra de quienes cobraban en barriles. Venezuela no es solo un país en crisis: es una hipoteca energética en disputa. Y cuando se disputa una hipoteca, la política exterior se vuelve contabilidad.

Y entonces, México. México no mira esto por televisión. México aparece, inevitablemente, porque la lógica Trump convierte la vecindad en expediente. Ya se mencionó a México en el mismo marco en que se habla de Colombia y Cuba. Y además, México está en el comunicado conjunto que rechaza el “control” unilateral y advierte que el precedente es peligroso. Esa postura no es romanticismo jurídico: es instinto. Porque si el mundo entra en fase de “cumples o te administran”, el país con frontera más codiciada y guerra interna más visible se vuelve candidato natural a la conversación incómoda: ayuda, intervención, cooperación forzada, presión económica, o el eufemismo que toque esa semana.

El retrogusto de este espresso es claro: la frontera dejó de ser línea y se volvió permiso. Y los permisos, en el mundo Trump, se cobran con poder.

Donde el poder se sirve sin espuma.

El último en salir, apague la luz.

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